viernes, 19 de marzo de 2010

Matar al mensajero

Dice el cardenal Antonio Cañizares, al respecto de los casos de pederastia que afectan a su Iglesia, que son ataques con los que algunos pretenden

"Que no se hable de (su) dios, sino de otras cosas".

Pareciera que los responsables de la pederastia no tienen nada que ver en eso. Que todo es fruto de una maquinación de los ateos y esos medios de comunicación peligrosísimos (no en vano los Píos del siglo XIX y León condenaran la libertad de prensa... y el liberalismo, y la democracia, y los derechos del hombre, y la libertad de conciencia, y la libertad religiosa, y la educación pública y laica, y el socialismo, y las organizaciones obreras...).

Vamos, que la culpa la tiene el mensajero. Que el problema no es la pederastia en sí, el problema es que se hable de ello, que se les eche en cara, que se les pida actuaciones a esta Iglesia suya que JAMÁS ha denunciado un caso - pese a conocerlos - o llevado a los tribunales a un cura culpable.
Las víctimas de la violación o el abuso pasan a un segundo plano. No hay misericordia para ellas. No hay petición de justicia para los culpables.

Antonio Cañizares resume así el verdadero sentido moral de la Iglesia Católica: no existe caridad, solo instrumentación. El fin (es decir, los privilegios de la Iglesia, el poder, la maquinaria) lo es todo. Clerical versión del no importan los medios.
Porque esa frase, alicorta, es la que ha trascendido a los medios. Pero entera, dice así:

"Los abusos [a menores] no preocupan excesivamente porque nosotros estamos asentados sobre la cruz de Jesucristo y la cruz de Jesucristo siempre es salvación y victoria. [...] Estos ataques intentan desviar la atención de Dios y que se hable de otras cosas y una humanidad sin Dios no tiene ningún futuro."
Lo dicho: he aquí resumida toda la moral de la Iglesia.

2 comentarios:

Juan Ramón Lagunilla dijo...

Pareciera que la "jerarquía" estuviera empeñada en un concurso: ¡A ver quién la dice más gorda!
y el trunfo está pero que muy reñido.
The winner is.....

Santiago dijo...

“En medio” colocaron a la adúltera sus acusadores. “En medio” se quedó la mujer cuando los acusadores, uno a uno, se escabulleron, dejándola sola con Jesús. “En medio” pusieron a la mujer, pero a quien pretendían comprometer y acusar, a quien de verdad querían poner en medio, era a Jesús (Cfr. Jn 8,1-11).



Hoy, letrados y fariseos han colocado “en medio” al monstruo, al clérigo sorprendido en flagrante delito de pederastia, y no lo han llevado al tribunal competente para juzgarlo conforme a justicia, sino que se lo han llevado a su madre, a la Iglesia, lo han tirado como basura a sus pies, para ponerla “en medio” a ella, para avergonzarla a ella, para comprometerla y condenarla a ella.



Letrados y fariseos, gente estéril, senos que nunca han conocido la vida ni la ternura, pretenden que una madre condene a su hijo: si no lo condena, no es justa; si lo condena, no es madre.



Letrados y fariseos, arrogantes, soberbios e hipócritas, insisten en preguntar a la madre: “Tú, ¿qué dices?” Preguntan como si ellos fuesen inocentes del crimen que fingen perseguir. Y se lo pregunta a ella, a la Iglesia que, como supo y como pudo, ha intentado siempre educar en el amor y en la virtud a sus hijos. Se lo preguntan a la madre los mismos que han destruido a su hijo: los profetas de la revolución sexual, los que instigan a los niños a masturbarse, los mercaderes de pornografía, los expertos del turismo sexual, los que consideran la prostitución un trabajo y la castidad una aberración.



Hoy la Iglesia, como ayer Jesús, encara a los acusadores con la realidad de sus propias vidas: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”.



Hoy como ayer, la Iglesia como Jesús, habrá de inclinarse para cargar con el peso de sus hijos, con la culpa de sus hijos, con la muerte de sus hijos.



Cuando se incorpore, allí, “en medio”, estarán solos ella y sus hijos, con un dolor sin palabras y un amor sin medida.



+ Fr. Santiago Agrelo

Arzobispo de Tánger