martes, 14 de abril de 2009

¡Qué cosas se decían!


Conservo en mi casa una edición de 1855 del tomo III de la Historia Eclesiástica de España, obra de Vicente de la Fuente. En la misma podemos encontrar un resumen de toda la ideología católica: su desprecio profundo por las libertades, sus manías absolutistas - que siempre disculpan por su intención de salvarnos el alma aunque sea a la fuerza - etc.

Han pasado más de 150 años, desde luego, pero a decir verdad la hipocresia eclesiástica no tenía límites entonces ni ahora. Os dejo con un pequeño fragmento del capítulo CCCIX:
La Inquisición en tiempo de Felipe II:

"En España, que estaba, y está limpia de la zizaña (protestante), por merced y gracia de Nuestro Señor, proveyeron en vedar (los eclesiásticos) generalmente todas las traslaciones vulgares de la Escritura, por quitar ocasión a los extranjeros de tratar sus diferencias con personas simples y sin letras. Y también porque tenían y tienen experiencia de casos particulares y errores que comenzaban a nacer en España y hallaban que la raiz era haber leído algunas partes de la Escritura sin las entender. (...) Vienen enseguida los Protestantes, perturban la Europa con sus Biblias".

Si es que tiene toda la razón: la Biblia es un arma que carga el diablo.

domingo, 12 de abril de 2009

Cristo se enfada y escribe una carta

La foto no tiene nada que ver con el texto, pero me encanta.
Os decía en el anterior post que en el libro "Todos los Evangelios" - coordinado por Antonio Piñero - aparecen dos cartas falsificadas atribuidas a Jesucristo. Una, obra de Eusebio de Cesarea, cuyas invenciones darían para varios tomos; la otra - que yo desconocía - se debe, tal vez, a un tal obispo Vicente de Ibiza, quien remitiera una supuesta carta venida del cielo, y escrita directamente por Jesús, a Liciniano, obispo de Cartagena (muerto en 602).

Si la carta de Eusebio es cachonda, esta otra es sicodélica.

Un copista se encarga de informar que durante un sueño un Pontífice de Roma - no se nos da el nombre - escucha la voz de Pedro diciéndole que Jesús le ha dejado un mensaje en el santuario.

Despertándose del susto, cosa comprensible, el Pontífice corre al templo y descubre "la inmaculada carta colgada del aire". Una multitud se congregará allí durante tres días y tres noches, esperando a que la misma descendiese. Se ve que se hacía de rogar. Por fin descendió "hacia la hora de tercia" y el Papa pudo leer la misiva divina, que decía así:

"Mirad, mirad, hijos de los hombres, que os he dado el santo domingo, pero vosotros ni lo habéis apreciado ni celebrado"

Se ve que Jesús está algo enfadadillo. Pero sigamos:

"Envíe naciones bárbaras y derramaron vuestra sangre. Hice muchas cosas terribles, pero ni aún así hicisteis penitencia, os envíe tormentas, heladas, pestes y terremotos sobre la tierra, granizadas, langostas, orugas, saltamontes y muchas otras cosas por causa del santo día del domingo, y no hicisteis en absoluto penintencia".

¡Joder con el Cristo! Corrigo: no estaba algo enfadadillo, sino muy enfadado.

"Pretendí destruir a todo hombre por causa del domingo santo, pero de nuevo me compadecí por la plegaria de mi inmaculada madre, y de los santos ángeles, apóstoles y mártires, y hasta del Precursor y Bautista.

(...) Todo hombre bautizado debe honrarlo (al domingo) y celebrarlo y frecuentar la iglesia santa de Dios".

A continuación añade que como en viernes creó a Adán y Eva y fue el mismo crucificado, ordenó que los miércoles y los viernes se abstuviesen los cristianos de comer carne, queso y aceite, quejándose de que no se haga así.

Así que Jesús en su carta, agotada su paciencia, decide lanzar el siguiente aviso:

"Juro por mi trono excelso que si no guardáis el día santo del domingo, los miércoles, los viernes y las fiestas más señaladas, tengo que enviar bestias venenosas para que devoren los pechos de las mujeres que no amamantan bebés porque no tienen leche materna y lobos salvajes raptan a vuestros hijos".
Misericordioso él.

"Y si tampoco hacéis estas cosas, no os enviaré otra carta, sino que abriré los cielos y haré llover fuego, granizo, agua hirviendo, porque el hombre no acaba de enterarse: provocaré terremotos terribles y haré llover sangre y ceniza en el mes de abril"

Ya saben: la letra, con sangre entra. Y continúa la carta con más amenazas y consideraciones de los hombres como "adúlteros, rebeldes, impíos, injustos, odiosos, traidores, integrantes, blasfemos, hipócritas, abominables, falsos profetas, ateos (...), esquivos, ambiciosos del mal, desobedientes..." un verbo muy florido el del Señor... y como gran conocedor de los adjetivos se nos presenta.

Pero la clave de toda la carta, la parte más ingeniosa, la más sicodélica, es la siguiente:

"Por mi madre inmaculada, por los querubines de los muchos ojos y por Juan el que me bautizó, que esta carta no ha sido escrita por un hombre, sino que lo ha sido enteramente por mi Padre invisible. Si se encuentra algún insensato o malintencionado que diga que esta carta no viene de Dios, herederá la maldición tanto él como su casa, lo mismo que Sodoma y Gomorra; y su alma irá al fuego exterior porque no tiene fe".

Luego dirán de la maldición de Tutankamon.
Todos los que falsificaban documentos en la época (y en los primeros tiempos del cristianismo fue ésta una práctica común), se encargaban de señalar bien claro que el suyo era un documento "verdadero" y de lanzar insultos con antelación contra quien se atreviese a dudarlo. "Juro que he dicho la verdad"... "Cuanto digo es verdad"... "Lo que ví lo consigno"... "Quien dude de mí" etc. Y muchas veces, en esos mismos documentos se señalaban otros coetáneos o anteriores a los cuales se descalificaba: "circulan por ahí falsos evengelios"... "falsos profetas os engañan"... "cartas inventadas llegan a la iglesia de..." etc.

Finalmente Jesús se queja de quienes cuchichean en la misa sin atender debidamente al sacerdote, de los monjes que no permanecen en sus monasterios o que caen en el fornicio, de los amos que no hacen fructificar sus haciendas... Finalmente ordena

"(...) que todo hombre confiese fielmente a su padre espiritual lo que ha hecho desde su juventud. Pues tal padre ha sido dado por mí y por mi santa Iglesia para atar y desatar los pecados de los hombres".

Ya saben. A confesarse ya.

jueves, 9 de abril de 2009

Las cartas del Señor

No hay nada más divertido que leer la "Historia Eclesiástica" de Eusebio de Cesarea (siglo IV), uno de los mayores falsificadores y cuentistas que ha conocido madre. Inventó iglesias, comunidades cristianas, milagros, mártires y en su afán por demostrar la existencia histórica de un tal Jesús, hasta inventó su correspondencia.

Acabo de comprar la obra "Todos los Evangelios" coordinada por Antonio Piñero, quien vierte - junto a un equipo de destacados linguistas y expertos en el cristianismo primitivo - desde sus lenguas originales al castellano todos los Evangelios conocidos, tanto los llamados canónicos, como los apócrifos; y entre estos últimos todos los gnósticos.

En esta edición también se incluye las "Cartas de Jesús": la inventada por Eusebio de Cesarea ya conocida por mí y otra carta que yo desconocía debida a un obispo de Ibiza llamado Vicente, falsificada entre el siglo V y VI.

¡Qué ingenio! ¡Qué imaginación! Ya los quisieran para sí Cesar Vidal o Pío Moa, nuestros fabuladores del presente.

Comenta Eusebio de Cesarea que "La divinidad de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, a causa de su actividad taumatúrgica, fue conocida por toda la humanidad". Ya saben ustedes que abundan y abundan los relatos contemporáneos a Jesús sobre sus milagros: todos los historiadores, poetas, escritores y filósofos griegos, romanos y judíos del siglo I escribieron sobre él. Lástima que no se conservase nada.

El caso es que "descubrió" Eusebio en los archivos reales de la ciudad de Edesa un cruce de cartas entre el Rey Abgaro y Jesús. Dicha correspondencia fue traducida del siríaco por nuestro intrépido historiador para legarnos una copia. Por alguna razón se negó a ofrecer la original.

Le escribe Abgaro Ukkama (el Negro), principe de Edesa, a Jesús que "he tenido noticias de actividades tuyas y de las curaciones que realizas sin medicinas ni hierbas (...) Después de escuchar todas estas noticias acerca de ti, se me ha ocurrido que es por una de estas dos cosas: o porque tú eres Dios, que has bajado del cielo y realizas estas cosas, o eres Hijo de Dios y por eso las haces"

¡Ahí es ná! No les resulta encantador nuestro Abgaro. Más aún teniendo en cuenta que en tiempos de Eusebio se vivían fuertes e intensos debates sobre si Jesús era Dios o simplemente Hijo de Dios. A lo que se ve, nuestro Rey Negro se cura en salud... por adelantado.

El caso es que finalmente le pide que vaya a él y le cure una enfermedad que tiene. Eusebio nos dice que "Para salir del paso (sic) de esta petición, Jesús no hizo nada entonces, pero le honró con una carta personal" que dice así:

"Respuesta de Jesús:

Abgaro, eres dichoso por haber creído en mí sin haberme visto. Pues de mí está escrito que los que me hayan visto no creerán en mí, para que aquellos que no me hayan visto crean y vivan.

Y sobre lo que me has escrito pidiéndome que vaya hasta ti, es preciso que cumpla aquí todas aquellas cosas por las que fui enviado. Entonces subiré de nuevb al lado del que me envió.

Pero cuando sea elevado al cielo, te enviaré a uno de mis discípulos para que cure tu enfermedad y os otorgue la vida a ti y a los tuyos"

Otro día os hablo de la otra carta, donde nuestro Señor y Salvador tiene a bien enfadarse con nosotros por no celebrar debidamente el domingo.

sábado, 4 de abril de 2009

Creencias absolutas


Ayer vinieron a visitarme a casa dos testigas de Jehová. Querían invitarme a no sé que celebración "por la pasión de nuestro señor Jesucristo". Tras indicarles que yo era ateo una de ellas me espetó:

-"No necesita usted a Dios"
-"No veo porque he de necesitarle - le respondí -. Todo funciona igual sin él".
-"Pero Él es el creador de todo".
- "Oh no. Ni mucho menos. No se necesitan creadores para explicar la naturaleza".
-"¿Entonces usted cree en la evolución?", dijo... esto último con cierta mirada y tono de compasión por mi pobre alma.
-"No. No creo en la evolución - añadí para su sorpresa - Sé que la evolución es un hecho. No es cuestión de creencias".

A partir de ahí empezamos un pequeño debate de unos cuarenta y cinco minutos, ambos tres Biblia en mano.

Cuando les explique que su Nuevo Testamento había sido escrito entre 60 y 160 años con posterioridad a la supuesta muerte de su "señor Jesucristo", simplemente lo negaban. No es que pudieran demostrar que los cuatro evangelios sinópticos estuvieran escritos por coetáneos a Jesús, no. Simplemente no se habían planteado nunca quién escribió sus sagrados libros y cuándo, y al revelárseles tal hecho, lo desecharon sin más.

Al explicarles que eran los Misterios, Mitra, Dionisos, etc y como hay otros dioses que nacieron de vírgenes y resucitaron al tercer día de muertos, también lo negaban. No sabían nada del tema ni habían leído jamás nada que no tuviera relación con su Biblia y con autores de los Testigos:

-"Este Libro - me dijeron emocionadas - es la palabra de Dios. Muchos han muerto perseguidos por tenerlo"...
-"¿Muertos por tener una Biblia, señoras? ¿Cuándo?"
-"Miles de muertos, muchos muertos. Asesinados por amar la palabra del Señor".
-"¿Se refiere usted a las persecuciones a Testigos de Jehová? En ese caso debo decirles que los perseguidores también creían en el mismo libro..."
-"¡Ellos no creen en la Biblia! Yo fui católica y ahora en visto la luz"
- "Muy bien, muy bien. Pero los católicos, protestantes, ortodoxos y cristianos maronitas también creen en el mismo libro. Y en nombre de ese libro ustedes y ellos han matado"
-"Dios dice "No matarás".

Es entonces cuando pasé a leerles varios textos en los que Dios mismo mandaba a su pueblo elegido asesinar, masacrar, robar y practicar el anatema (el asesinato ritual) contra hombres, mujeres y niños de ciudades invadidas. Al preguntarles por qué su Dios permite se asesinen a los niños, con el mayor desparpajo, como si no fuera importante, me dijeron que "si Dios ordena matar niños es porque ha visto en sus corazones y sabe que lo merecen".

Dios mata niños. Y lo asumen como tal. Y les encanta creer semejante cosa. Y no solo mata niños, sino que también acabará con la raza humana en el día del juicio final - el cual por cierto ha empezado a mostrar los síntomas de su llegada a partir de 1914, me dijeron - eligiendo a los buenos y a los malos, y condenando a todos aquellos que no creen en él. Eso sí, Dios es infinitamente bueno e infinitamente justo. ¡Menos mal!.

Afirmaron que no había contradicciones en la Biblia. Al mostrárselas, una por una, acudían a las explicaciones más peregrinas:

- Si hay dos relatos de la creación es porque la Biblia no va por temas.
- Si hay dos genealogías de Jesús dispares entre ellas y que lo entroncan - ambas dos - con José, una hace referencia a José pero la otra a María. "¿Dónde pone eso, señora?" "Sabemos que es así".
- ¿Qué no concuerdan los relatos sobre su resurección? ¡Qué importa! Saben perfectamente que Jesús resucitó y no necesitan de más.

De vez en cuando me señalaban párrafos que, al decir de nuestras Testigas, demostraban la proximidad del Juicio Final: "Mire aquí, dice que habrá terremotos"... "Pero señora, terremotos ha habido siempre"... "Pero ahora hay más terremotos que nunca". Pruebas: ninguna, claro.

Pero debo confesar que de todas las explicaciones rayanas en lo absurdo, ninguna como su explicación a por qué Dios, siendo omnisciente, y por lo tanto que todo lo sabe, creo a Adán y Eva y los tentó con el árbol de la sabiduría sabiendo como debía saber que iban a caer en la tentación. Atención a su argumento:

-"Dios es omnisciente, pero a veces decide no serlo".
-"¿A veces decide no serlo?¿Y cuándo lo decide?".
-"No podemos comprender sus actos, solo aceptarlos y hacer su voluntad".
-"¿Se da usted cuenta que su Dios es omnisciente pero a ratos decide no serlo, entonces ya no es omnisciente porque hay alguna cosa que desconoce? La omnisciencia - saberlo todo, absolutamente todo - no se adquiere a días y por rebajas.
-"Dios puede hacerlo todo. Y no podemos juzgarle".

Os diré que al final fueron ellas las que se marcharon, al tener que hacer otras visitas a mis pobres vecinos. Pero ya ven, y yo debí comprenderlo desde el principio: si una persona está dispuesta a creer en algo imposible y sin sentido, si se le muestra sus errores, está dispuesta a asumir otras explicaciones aún más imposibles y sin sentido con tal de seguir creyendo.