sábado, 31 de enero de 2009

¡Que bella es la vida!

(La casta sobrina del cardenal Rouco)

Dios - que se supone infinitamente bondadoso - quiso que solo unos pocos pudiesen alcanzar la vida eterna. Solo aquellos pocos que sean capaces de demostrarle su inmenso amor por él - que se supone que está por encima de sentimiento tan humano como la necesidad de alabanza - cumpliendo con todos sus mandamientos, disposiciones y planteamientos alcanzarán la dicha de contemplarle para siempre al final de los tiempos. Para los demás queda reservado el infierno.

¡Ah la salvación! Toda religión nos promete una salvación eterna. Unas, el cielo, otras, el nirvana, o el paraíso, o un jardín con 70 vírgenes siempre renovadas. Y como nadie vuelve del Más Allá para decirnos lo contrario, la duda, alimentada por la esperanza, permanece.

Lo malo de la salvación es el contrato que se tiene que firmar para obtenerla. ¡Qué cosas más sorprendente se le pide a uno para salvarlo! Todas nos dicen que su dios es perfecto, bueno y bondadoso… lo que no casa con su extraña y obsesiva fijación con dos cosas: el sexo y el alimento. Para salvarse según X religión (pongan aquí una cualquiera) uno tiene que renunciar al jamón (Islam y Judaísmo), a la ternera (Hinduísmo), al pescado sin espinas (Judaísmo) y a toda clase de carne en tiempos de viernes de cuaresma (Cristianismo).

Los felices católicos se ven, en materia de sexo, particularmente constreñidos. ¡Qué manía le tiene dios al sexo! ¡Con cuánta pulcritud se ha ciudado Yavhé de indicar que opciones sexuales son las legítimas, que posturas las adecuadas, qué tiempos los prescritos para el acto y qué objetivos han de perseguirse en el mismo! Hubieramos querido tamaña obsesión a la hora de condenar el crimen, o el robo, o los actos contra la humanidad... pero ¡no!.

Ahí tienen ustedes: se puede matar pese al divino mandamiento porque en tal otro apartado de la Biblia está justificado el genocidio o el asesinato ¡exigido por el mismo Yavhé! contra éste o aquel otro infiel.

Dice Jesús que pongamos la otra mejilla, ¡no pasa nada! En ese otro sitio leemos que él vino a traer la guerra al mundo. ¡Dice el hijo de dios que siempre hay que perdonar! No es problema ¿acaso no expulsó el mismo dios a los mercaderes del templo a golpe de latigazos! Si dios mismo sucumbió a la ira ¿cómo no vamos a hacerlo nosotros, pobres mortales?

Hubieramos, pues, querido esa misma ambigüedad en materia de sexo. ¡Pero no! Sexualmente hablando, Yavhé ha sido muy explícito:

- El sexo no heterosexual y sin pasar por la vicaría es pecado.
- Es más, incluso el mismo sexo heterosexual y pasando por vicaría es pecaminoso... aunque inevitable. Dios nos lo perdonará por ser la carne débil... éste último. El primero, desde luego que no lo perdona.

Hubiera querido la Iglesia un mundo de célibes. De hecho, ¿no es el cura célibe ejemplo digno de grandeza?

La cosa vino por Pablo de Tarso, feo, enclenque y probablemente impotente que quiso para los demás la misma aversión que él tenía por el sexo. Para Pablo, que considera que fuera de Cristo "todo es estiercol", la mujer, la sexualidad y hasta el matrimonio todo es despreciable.

Sus Epístolas nos atruenan con la mortificación, el aniquilamiento de los afectos, el odio al cuerpo. ¡Divino San Pablo!. Él combate "la lujuria", "el vicio", "los actos de impureza, fornicación y libertinaje".

"Mortificad vuestros miembros apegados a lo terrenal - clama el tarsiano - en los que habitan la lujuria, la inmoralidad, las pasiones, los malos deseos (...) Huid de la fornicación Cualquier otro pecado que comete el hombre queda fuera de su cuerpo, más quien fornica peca contra su propio cuerpo".

Todo ello en la Primera Epístola a los Corintios.

"Bueno es para el hombre no tocar a la mujer" y él, soltero, célibe, desearía "que todos los hombres fueran como yo". Si admite el matrimonio - deseando que todos nos veamos libres de él - es "por causa de la fornicación"... ese mal inevitable.

Y claro, tras Pablo vino la Iglesia.

Un vistazo al Catecismo Católico revela todo lo que está prohibido en materia de sexo:

Leemos en 2516 que en el hombre se produce una lucha entre el espíritu y la carne. Herencia del pecado original. Que quede claro.

La "concupiscencia de la carne" es el gran mal. El bautizado "debe seguir luchando contra la concupiscencia de la carne y los apetitos desordenados" (2520). ¡El sexo! ¡El sexo! ¡El sexo! Siempre el sexo, ese intrumento del diablo.

Y frente a la concupiscencia de la carne "el pudor", "la castidad", "el rechazo a mostrar lo que debe estar velado" (2521).

"La vocación a la castidad" es una de las grandes misiones en esta vida. "La persona casta mantiene la integridad de las fuerzas de vida y de amor depositadas en ella" (2.338). No follar, a lo que parece, nos hace más vigorosos.

"Todo bautizado es llamado a la castidad" (2348) y en virtud de ello se prohibe:

- La lujuria. "El placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo" (sic).
- La masturbación. "Un acto intrínseca y gravemente desordenado.
- La fornicación. "la unión carnal de un hombre y una mujer fuera del matrimonio".
- El adulterio. "Ven en él los profetas la imagen del pecado de idolatría" (sic)
- La pornografía. "Las autoridades civiles deben impedir la producción y distribución de material pornográfico"

Ejemplo éste de lo democrática que es ésta Iglesia nuestra. No le basta con prohibir la pornografía a los católicos, pretende que el Estado la impida para todos, sean o no sean católicos, les guste o no les guste la pornografía o el erotismo.

- La homosexualidad ¡por supuesto!. "Esta inclinación objetivamente (sic) desordenada". Palabra de dios. "Las personas homosexuales están llamadas a la castidad". Se lee. Cuánta generosidad. Al menos, ya no piden que los maten.
- El divorcio. "El divorcio es una ofensa grave a la ley natural". Por lo visto hay una ley natural que se siente muy ofendida si dos personas que se detestan se separan. Si los divorciados se vuelven a casar, entonces es aún más grave porque "el conyuge casado de nuevo -la Iglesia no admite que esté divorciado - se halla entonces en situación de adulterio público y permanente" (sic de nuevo. De hecho, sic para casi todas las citas habidas y en adelante).
- La unión libre. "Cuando el hombre y la mujer se niegan a dar forma jurídica y pública a una unión que implica la intimidad sexual". Es decir, el concubinato. "Todas estas situaciones ofenden la dignidad del matrimonio". Por lo visto, todos los matrimonios deben quedar ofendidos si dos personas viven juntas sin pasar por vicaría. Y ello porque "el acto sexual debe tener lugar exclusivamente en el matrinomio". A menos, claro, que seas cura. Entonces no hay problema.

Todo ello desde 2.337 hasta 2391.

¡Que bella es la vida de los católicos!

Por cierto que sobre la pena de muerte dice lo siguiente el Catecismo:

- "La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte, si esta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas"

Vivir en una unión libre es pecado y excluye de la Comunión. Condenar a una persona a muerte, ¡No!... "la enseñanza tradicional" es claro al respecto. Y la historia de la Iglesia no está libre de asesinatos, crímenes y genocidios cometidos a mayor gloria de Dios.

No hay comentarios: