martes, 14 de octubre de 2008

Confesiones

La confesión, como explica el historiador francés Jean Delumeau (1), es un rango distintivo de la Iglesia católica y - católico uno en su infancia mental - no he podido sustraerme a la tentación de iniciar esta nueva bitácora con la respectiva confesión que libere mis pesares. Confesión, eso sí, pública y sin mediación, es decir, sin sacerdotes.

La confesión obligatoria fue, por cierto, un invento del siglo XIII llevado a cabo por la Iglesia romana. Concretamente en el IV Concilio de Letrán (1215) que impuso la confesión anual entre los católicos modificando con ello la vida religiosa y psicológica de los hombres y mujeres del momento.

Hacer confesar al pecador para que reciba del sacerdote el perdón divino: esa fue la ambición que perseguía el Papado, exigiéndose la detallada explicación de todos los pecados mortales o livianos e imponiéndose a continuación la penitencia, que también decidía el sacerdote.

Y aquí me tiene ustedes hoy: confesando. Confieso, sí, que fuí católico. Esto en sí no tiene gran importancia - hay 1.000 millones de ellos por el mundo que aún persisten en el error (si es que hay gente pa tó) - y mi penitencia fue lograr la apostasía de manos del obispo de Cáceres - Coria. Lo que de verdad quiero confesar es que, además, ... quise ser cura. Me ha costado, puedo jurarlo, pero lo he dicho al fin. ¡Quise ser cura!. Y no llegué al seminario porque con 14 años entré en profunda e irreversible crisis de fe, de la cual todavía no me he recuperado y que dure por muchos años. A esa tierna edad empecé a leer multitud de libros y a pensar por mí mismo. Mis neuronas ensamblaron nuevos conceptos, mis conocimientos crecieron y de pronto, y por etapas sucesivas, empecé a cuestionar la Iglesia, llegué a la conclusión de que el mensaje de Jesús había sido tergiversado, negué la Trinidad, transité por el agnosticismo (tal vez exista algo) y finalmente llegué a la conclusión de que las religiones son - todas - obras del hombre, que hizo a dios y los dioses a su semejanza.

Y hecha la confesión es el momento de dar vida a esta bitácora con la proclamada intención de que los ateos crezcan, se multipliquen y se expandan.

(1) Jean Delumeau: La confesión y el perdón. Las dificultades de la confesión en los siglos XIII a XVIII