martes, 14 de octubre de 2008

Benito 16


El recurso al miedo siempre ha sido administrado – en distintas dosis – por la Iglesia Católica. Cuando no es capaz de convencer o de lavarte el cerebro, sacan enseguida a colación que tu alma está en peligro, que las llamas del infierno ya se están caldeando a la espera de tu cuerpo por toda la eternidad.Lo hacen desde la más tierna infancia. Es su mayor logro: meterte miedo en el cuerpo para que no abandones el rebaño.
El actual Papa de Roma. Benito 16, de nombre original Joseph Ratzinger, es un experto en la materia. Y además, frente a lo que hizo su precursor, él no es de los que apuestan por el diálogo de religiones y una cierta tolerancia para con otras confesiones.
Nada más acceder al poder, anunció que el infierno que negara Juan Pablo II existe y es real – por supuesto no aportó ninguna prueba física, sello de esta casa -. ¿A quien hay que creer? ¿A Juan Pablo 2 o a Benito 16? Claro, que también es posible que el infierno se congelara durante el papado de uno y se haya vuelto a reactivar en el papado de éste último.
El caso es que el obispo de Roma, cuando era inquisidor mayor, pronunció la siguiente frase: “Los cristianos no católicos están en una situación gravemente deficiente en comparación con aquellos que, en la Iglesia Católica de Roma, tienen en plenitud los medios de salvación”. ¿Quién dijo complejos?
Y ahora, al ex niño de Juventudes Hitlerianas no le basta con amonestar a las otras marcas de su secta y va a por laicos y a por ateos."Hoy, naciones alguna vez ricas en fe y vocaciones están perdiendo su propia identidad, bajo la dañina y destructiva influencia de una cierta cultura moderna" opina el Papa en la celebración de una misa en la Basílica de San Pedro Extramuros para inaugurar una reunión mundial de obispos sobre la relevancia de la Biblia para los católicos contemporáneos.
Si que es una pena. Una verdadera pena que las sociedades sean cada vez más laicas, una pena que ya no nos edifiquemos con las quemas de herejes y autos de fe, una pena que ya no se obligue al pueblo a ser católico por ley, una pena que donde antes había temor, ignorancia y supersticiones ahora prime la tolerancia, la inteligencia y el ansia de saber. Una verdadera pena… para ellos.

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