martes, 14 de octubre de 2008

Aplicando la palabra de Dios


Los creyentes en ese gran libro de ciencia ficción que es la Biblia se enfadan mucho cuando se les expone citas bíblicas algo bochornosas. “¡Ya están manipulando!” Gritan. “¡Ya están sacando de contexto los versículos!” Claman. Claro, que ellos mismos son los primeros en aferrarse a unos cuantos versículos agradables al oído (las bienaventuranzas y todas las que hablen del gran amor que nos tiene su dios) mientras callan sobre todos los otros que demuestran que la violencia, el sadismo y otros crímenes formaban parte de las recetas dictadas por el bondadoso dios.
Y es que aplicar la palabra de dios en nuestros civilizados días puede traernos más de un problema. Por ejemplo:
Resulta que quiero ofrecer un holocausto al Señor y he leído en Levítico 1,9 que el olor del toro quemado es uno de sus favoritos, pero claro, ¿de dónde saco yo un toro? Y eso en el supuesto de que mis vecinos sepan disfrutar tanto como el Señor del olor a toro quemado.
Más problemático me resulta aconsejarle a un amigo, necesitado de algún dinero para sobrellevar esta crisis, que venda a su hermana como esclava. El Éxodo 21,7 lo permite, pero hete aquí que hace ya algún tiempo algún gobernador, seguramente ateo, optó por abolir la esclavitud.
Por cierto, que he descubierto que varios compañeros trabajan en Sábado. Y nuestro Señor dejó bien claro establecido en Éxodo 35, 2 que quienes tal hicieren deben de ser matados. Me apresto, pues, a ello.
Peor llevo que haya creyentes que tengan la osadía de llevar gafas en misa, incluso curas bendiciendo el cuerpo de dios inserto en la hostia sagrada… tanta blasfemia me abruma. ¡No dijo el Señor en Levítico, 21,20 que uno no puede acercarse al altar si tiene un defecto en la vista!.
E incluso nos encontramos con ciudadanos (hombres) que llevan el pelo cortado, hasta en la zona de las sienes, a pesar de que esto está expresamente prohibido por el Levítico, 19,27 o aclamamos a jugadores de fútbol que tocan con sus pies ¡y con sus manos! un balón, pese a que por el Levítico, 11, 6-8, ese acto los convierte en impuros y por si ya no tuviéramos bastante, cuando no meten en la portería contraria esa piel de cerdo manufacturada se levantan oleadas de aficionados maldiciendo y blasfemando, y a nadie, a nadie repito, se le ocurre llamar entonces a todos los buenos habitantes en paz con el Señor para que los apedreen hasta morir, como bien exige el Levítico 24, 10-16.
Y esto, claro, solo es la punta del iceberg. La Biblia fue, sin duda, el primer y más grandioso libro del género de terror.

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